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Bioética y
pediatría
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La
bioética es una disciplina relativamente reciente. Es una aplicación
de la ética a las ciencias de la vida, a los diversos campos de la
actuación relativa a la salud de las personas. Tanto en los procesos
asistenciales, como en la investigación científica sobre los seres
humanos, se deben observar unos condicionantes éticos que permitan que
el paciente o sujeto de ensayo reciba esa asistencia en unas condiciones
de libertad, humanidad, dignidad y justicia.
Son
clásicos los 4 principios de la Bioética: Autonomía, Beneficencia, No
maleficencia y Justicia. En Pediatría, debido a las condiciones de
minoría de edad del sujeto, el principio de autonomía es aplicable
mediante representación de los padres o tutores del menor, aunque en la
actualidad se debate el tema del menor maduro, considerando que en
ciertos procesos y bajo determinadas condiciones, el menor maduro (mayor
de 12-14 o16 años), puede prestar o negar su consentimiento para
ciertas intervenciones en relación con su salud. Recientemente la ley
41/2002 de autonomía del paciente, ha recogido este hecho, así como
también lo están haciendo progresivamente las leyes autonómicas de
desarrollo de dicha ley básica,
Los
dilemas bioéticos en pediatría son frecuentes en la asistencia clínica
diaria, tanto hospitalaria como extrahospitalaria. Así podemos señalar
asuntos como el de los menores testigos de Jehovà que se niegan a
recibir transfusiones de sangre, o el caso de un menor cuyos padres son
seropositivos, incluso problemas éticos más trascendentales como el de
los hijos concebidos con la intención de poder ser donantes de un
hermano con una enfermedad hematológica, o el de la clonación terapéutica
de embriones para obtener células madre y líneas celulares para
trasplantes. Se plantean también problemas en cuanto a los test de
detección de enfermedades congénitas malformativas, aborto terapéutico,
etc.
Las
Convenciones de Derechos humanos, el Convenio de Bioética de Oviedo de
1997, y
otras declaraciones nacionales e internacionales sobre derechos de los
niños como tal y como pacientes, recogen el deber ético y jurídico de
proporcionarles asistencia sanitaria, de procurar una estancia digna,
recibir enseñanza y educación religiosa durante los ingresos
hospitalarios, tener acceso a los medicamentos, y respetar y velar por
su derecho a ser felices y sonreir dentro del entorno trágico que a
veces les toca vivir por su enfermedad, especialmente en lo que se
refiere a los niños como pacientes crónicos.

El
Carlos III, único hospital español en un proyecto europeo de normas éticas en
el desarrollo de fármacos para niños
El Hospital Carlos III, a través de su
Servicio de Pediatría, se ha convertido en el único hospital español incluido
en la red de centros miembros del 'Steering Committee' del proyecto TEDDY (Task
force in Europe for Drug Development for the Young), promovido y financiado por
la Unión Europea, que consiste en la creación de un equipo europeo para el
cumplimiento de normas éticas, el estudio y desarrollo de fármacos en niños.
Según informaron en fuentes de
dicho centro sanitario, la misión primordial de este programa, con un período
de ejecución de cinco años, es la de promover la investigación en el uso de
medicamentos seguros y eficaces en niños.
Entre los objetivos del TEDDY se encuentra optimizar el uso actual de los
medicamentos pediátricos, así como la promoción y desarrollo de nuevos fármacos.
Asimismo, se creará un marco de trabajo para detectar y clasificar las
distintas reacciones adversas a los medicamentos y mejorar las dosis.
Los integrantes del proyecto crearán bases de datos homogéneos y las líneas básicas
de actuación para la consecución de los fármacos más adecuados que deben
llegar al mercado. Paralelamente, se desarrollarán programas para incrementar
la capacidad investigadora y para promover la responsabilidad social en la
medicación para niños.
El TEDDY se encuadra dentro del programa de nuevos estudios de la Unión Europea
y cuenta con colaboraciones de UNICEF, UNIAIDS, OMS, Banco Mundial y la Fundación
Franco Moschino. Junto con la representación de la junta directiva del Hospital
Carlos III, el proyecto cuenta con otros 17 participantes de distintos países
europeos.
Este nuevo programa europeo aglutina a académicos, científicos, especialistas
de la salud y expertos en ética de toda Europa para trabajar de forma conjunta
con las compañías farmacéuticas, agencias de regulación y asociaciones de
pacientes con el objetivo de alcanzar el mayor grado de eficacia y seguridad en
los fármacos destinados a niños.

La
mal llamada clonación terapéutica tiene muy poco porvenir
“Las células
madre embrionarias pueden proporcionar información científica, pero nadie ha
demostrado que tengan aplicaciones terapéuticas”, asegura César Nombela en
declaraciones a azprensa. En
los habituales “Cafés de Redacción” que azprensa, en colaboración con El
Global, viene manteniendo cada mes con diversas personalidades del mundo
sanitario, este mes ha conversado con César Nombela, expresidente del CESIC y
actual presidente del Comité Nacional de Etica en Investigación Científica.
En la primera parte de la entrevista (mañana publicaremos la siguiente), este
catedrático de microbiología de la Facultad de Farmacia de la Universidad
Complutense de Madrid, no ofrece su visión sobre la investigación con células
madre y la “mal llamada clonación terapéutica”.
Los ‘pulsos’ del Gobierno también se trasladan a otros sectores como el de
la ética científica. ¿Que le parece la posibilidad de que la transferencia
nuclear -también conocida como clonación terapéutica- pueda ser consagrada en
una ley?
La transferencia nuclear para reprogramar el crecimiento de las células adultas
y generar estructuras tipo embrión, de las cuales podrían derivarse células
diferenciadas, es una opción que está encima de la mesa desde que surgió la
oveja Dolly. El término clonación terapéutica perjudicó mucho, porque es un
término falso. No hay clonación terapéutica y tampoco sabemos si algún día
la habrá. Personalmente pienso que tiene muy poco porvenir.
Transferir el núcleo de una célula adulta a un ovocito previamente nucleado
significa crear embriones para la experimentación y esto tiene notables
reservas éticas. Personalmente soy contrario a la creación de embriones para
experimentación. Pero además, pensar en escenarios en el que el destino de los
ovocitos sea preferentemente la investigación o el tratamiento me parece poco
realista.
Además, la clonación es un proceso muy poco eficiente, que requiere mucha
investigación y en el queda mucho que aprender. Así hay que destinar
cantidades muy elevadas de óvulos para experimentación que plantean incluso
numerosas reservas prácticas, además de las éticas.
Además ni siquiera se ha probado que las células madre de origen embrionario,
sean de embriones clónicos o de otro tipo, van a tener aplicación terapéutica.
Lo que sí está progresando con resultados esperanzadores es el empleo de células
madre adultas en algunos tratamientos. Las células madre embrionarias pueden
proporcionar información científica, pero nadie ha demostrado que tengan
aplicaciones terapéuticas.
En mi opinión, la mal llamada clonación terapéutica tiene muy poco porvenir,
no es necesaria para el progreso de la medicina regenerativa, tiene notables
dificultades prácticas y concurren reservas éticas a juicio de muchos muy
significativas Creo que es más positivo hablar de células madre adultas, tanto
de origen animal como humano. Con ellas se puede investigar y en la aplicación
clínica se está avanzando a un nivel lo suficientemente serio como para que se
considere una opción prioritaria.
Usted habla de ciencia y ética ¿no le da la impresión que el actual debate
está más impregnado de sentimientos políticos que puramente científicos?. A
veces parece que las células madre son de ‘izquierdas’ o de ‘derechas’
en función de si su origen es adulto o embrionario.
Ciertamente parece que se puede hablar las células madre de ‘izquierdas y de
derechas’. Esto se debe a que se ha hecho un debate político que ha
desfigurado mucho la cuestión. Curiosamente en España ha tenido una evolución
diferente a la de otros países. Por ejemplo, en Alemania las posturas a favor y
en contra están tanto en el partido que representa más bien a la derecha, como
en el que representa a la izquierda.
Pero es verdad que el debate es evidentemente de una índole ética y por tanto
tiene que acabar recayendo en la sociedad que es quien tiene, que decidir.
Cuando hacia la opinión pública se transmiten simplificaciones e incluso
falsedades demagógicas, el debate se desfigura y llega a terrenos que no
benefician a nadie. Una de las simplificaciones que se hacen es despertar
expectativas falsas en mucha gente acerca de curaciones que no están ni mucho
menos en la línea de lo posible.
Es evidente que la ética de los profesionales tiene que contar. Creo que hay
profesionales que pueden defender alguna postura que puede ser polémica, pero
que en absoluto querrían ponerla en práctica, sin estar antes con la ley.
El debate ético debe estar bien iluminado, con las figuras éticas que están
en juego, sin desfiguraciones, sin falseamientos y una vez que se facilite esto
hay que articular una serie de procedimientos que permitan que la sociedad
democrática decidir sobre cómo articularlo. El debate no es necesario es que
se está haciendo imprescindible y cada vez más porque la técnica progresa
hasta niveles que nos pide que decidamos y valoremos éticamente a cerca de la
moralidad de ciertas prácticas que pueden ser factibles científicamente, lo
cual no significa que sean válidas o lícitas.
Algo de lo que usted comenta aquí se refleja en su último libro ‘El
conocimiento científico como referente político del siglo XXI’.
El libro lo que plantea, a través de especialistas en diversas índoles y de
responsables políticos, es cómo articular en la sociedad el sistema de
referencias científicas que es necesario que tenga el Gobierno.
Estamos en una sociedad en la que muchas de las disposiciones legales y
decisiones del Ejecutivo tienen que estar basadas en una ciencia sólidamente
fundamentada. Evidentemente, quienes conocen el estado del conocimiento y
quienes lo pueden proponer son los expertos, a los que se les debe facilitar el
ejercicio de las propuestas que sirvan de referencia en un ambiente de
independencia y de libertad.
Ante esto podemos preguntarnos, por un lado, ¿la ciencia tiene las respuestas
inequívocas? y por otro, ¿cómo articular estas respuestas de manera que los
políticos las tengan en cuenta? Este es el reto de la sociedad actual.
En mi opinión, no es que la ciencia tenga las respuestas; científicos
independientes a veces discrepan, pero las referencias tienen que surgir en un
ambiente de libertad -en esto atribuyo mucha responsabilidad a las instituciones
a las que pertenecemos los científicos- en el que se pueda determina en que
aspectos la ciencia aporta certezas y en que aspectos la ciencia aporta
incertidumbres.
Sobre lo que hay que pedir a los políticos es que contribuyan a que la opinión
de los expertos pueda formularse y no la oscurezcan con un debate político que
incida más en la demagogia.
Un ejemplo de este tipo es cuando se producen catástrofes inesperadas, donde la
participación científica es fundamental. En el caso del vertido de Aznalcoyar,
con las incertidumbres que provocaba, decidí dar la voz en el Consejo a los
expertos y que el organismo sirviera como portavoz de lo que era el resultado
científico. Fue una circunstancia que en la sociedad entró bien y las
propuestas sirvieron para que los políticos tuvieran un marco de referencia y
la opinión pública obtuvo una información precisa. Ejemplos de lo contrario
también hay. Uno de los más claros fue la intoxicación por aceite de colza.
Es un ejemplo donde se ve cómo la lucha política aflora con una enorme
intensidad y desfigura las cosas. En aquella ocasión, la voz de los científicos
estuvo más acallada. Cuando lo que llega a la opinión pública es la visión
de diferentes opciones políticas, es muy difícil que tenga una visión clara
de lo que ocurre.